Caminando sobre cristales

Mi nombre es Lucía y para comenzar a contar mi testimonio voy a citar algo que leí de Juan Calvino hace algún tiempo “El corazón es una fábrica de ídolos”.

Me casé hace 15 años, cualquiera que oyera mi historia como la miraba la sociedad, hubiera juzgado que tenía el matrimonio perfecto, el hombre perfecto, la familia perfecta; incluso mis hermanas y amigas me lo decían.

Él y yo nos casamos planeando nuestra boda durante un poco más de dos años y medio que duró nuestro noviazgo. Nos casamos enamorados de forma voluntaria. Un cuento de hadas, tal como uno lo sueña desde niña. Ambos cristianos, yo desde que tengo memoria y él, desde hacía unos 4 o 5 años, incluso servíamos en nuestra iglesia… Pero a pesar de que todo parecía perfecto, comenzamos a desconectarnos desde los primeros meses de casados.

Hoy después de muchos años ambos entendemos que llegamos muy rotos a nuestro matrimonio, con muchas carencias afectivas. Yo con mi tendencia al perfeccionismo y control y él con problemas del alma que yo no sabía.

La dinámica de nuestro matrimonio desde el principio fue tensa, no fue la más feliz. Dos años después lo sorprendí consumiendo pornografía, encontrando un historial en la computadora muy vergonzoso y abrumador, ¡Claro, se volvió un problema, pero pasó! Días después descubrí que conversaba por mensajes de texto con una compañera de trabajo. Al confrontarlo, aunque pidió perdón, dijo que jamás había sobrepasado el límite de lo físico.

Por un tiempo estuvimos intentando estar bien y luego llegan mis gemelos a los 4 años de matrimonio. Las discusiones seguían, hasta que en el año 2009 mi esposo, cansado de todo decide irse, aduciendo malos tratos de mi parte (cosa que era cierta). Se me calló el mundo en pedazos, todo mi cuento de hadas se derrumbó frente a mis ojos, traté de detenerlo suplicando que no se fuera, también manipulándolo, diciendo que no tenía corazón al dejar a sus hijos y él dijo que se iba por su paz mental.

A partir de allí me sumergí en una tristeza extrema, fueron días vividos como un zombi, sin comer, sin dormir, sin sentir, en completo shock; continué con mi rutina no sé ni como, pero al momento de dormir a mis hijos me echaba a llorar por horas con Dios a mi lado, pero en mi corazón mi mayor petición era: “tráelo de vuelta a casa”.

Comencé a volver a acercarme a Dios, pero no por un amor sino por necesidad, necesidad de mi esposo, necesidad de no sentirme sola, necesidad de sentirme amada por mi esposo otra vez. A los 10 meses regresó a casa y no pasó mucho tiempo para que de nuevo comenzaran los problemas y esta vez yo tenía sospechas de infidelidad.

Entonces decidí seguir el consejo de una amiga: “Ora, solo ora”. Dios trajo a mi mente en oración cosas que mi esposo estaba haciendo, trajo a mi mente nombres o sobrenombres y más adelante las contraseñas de los teléfonos de mi esposo (que él guardaba celosamente) en donde confirmé todo lo que en oración y poco a poco Dios me enfrentó a la verdad de los fallos terribles de mi esposo, pero eso solo era el comienzo.

Fue entonces que llegué al curso de Sanando un Corazón Roto de Libres en Cristo. Comencé a hacerlo sin ni siquiera decirle a mi esposo que ya sabía que me estaba siendo infiel. En esa temporada ambos nos habíamos propuesto acercarnos a Dios de nuevo, así que un par de semanas después lo confronté y él confesó todo, diciendo que Dios en oración ya le había dicho que era necesario confesar.

No me esperaba que mi esposo llevara una doble vida, en donde a lo largo de casi todo nuestro matrimonio tenía sexo casual con compañeras de trabajo o conocidas, incluso frecuentando lugares de bailes eróticos y en un par de ocasiones incluso prostitutas, me confesó que era adicto a la pornografía y que la primera vez que me fue infiel apenas teníamos 7 meses de casados. Yo estaba en shock, no podía creer que el asunto fuera así de grave, no podía ver a los ojos a mi esposo sin pensar que era un extraño; mientras lloraba solo pensaba que era un sueño.

¿Cómo pasó esto si yo trataba de controlarlo todo el tiempo? Como ya llevaba unas lecciones del curso me limité a decirle que lo perdonaba y que yo debería seguir en mi proceso de sanidad y lo invité a que él buscara ayuda y comenzara su propio proceso, para luego tomar una decisión con respecto a nuestro matrimonio. Fue entonces que ambos comenzamos un proceso de sanidad.

Sin embargo, siguieron los momentos tensos y situaciones en las que de nuevo discutíamos y entonces él amenazaba con irse de nuevo. El miedo al abandono que venía cuando él amenazaba con irse era aterrador, era como caminar todo el tiempo encima de cristales; a pesar de que yo contaba con independencia financiera, aun así, mi miedo y ansiedad a perder a mi esposo y todo lo que conocía como mi matrimonio, me resultaba devastador.

Pero una noche, entre discusiones y amenazas, no aguanté más y ore a Dios con mucho dolor y le dije: “Si debe irse, te lo entrego, entrego todo este amor que siento por él, sé que este miedo ya no puede seguir más y aunque esté sola con mis hijos estaré bien porque tú serás mi sustento”. Mientras más repetía esa oración, el Espíritu Santo comenzó a tomar su lugar en mi corazón y poco a poco fui consciente de comenzar a poner límites y establecer expectativas racionales acerca de lo que quería en mi matrimonio.

También pude darme cuenta que había levantado no uno, sino varios ídolos en mi corazón. Recuerdo muy bien el título de una de las lecciones del curso que estaba haciendo: “Lo que más amo en mi vida”. Me resultaba chocante, me hacía sentir incomodidad, porque adentro de mi corazón yo sabía que era una idólatra. Durante ese tiempo Dios me llevó de la mano a reconocer mis carencias y mi falta de autoestima; me enfrentó a mis miedos y me hizo valiente porque bien sabemos que en nuestra debilidad Dios nos da fortaleza.

Mis ídolos fueron esa familia perfecta inmaculada y sin mancha, me importaba mucho el qué dirán, mi tendencia al control y al perfeccionismo me obligaba a sentir que debía ser perfecta. Mi esposo también era un ídolo, controlándolo todo el tiempo mientras que yo no confiaba en Dios y le quitaba a él su control, obligándolo todo el tiempo a buscar a Dios diciéndome a mí misma: "si él está bien con Dios, estará bien conmigo".

Incluso yo misma era mi propio ídolo, porque me jactaba que mis pecados no eran "tan malos" como los de mi esposo o como los de otras personas y me sentía víctima de la situación cuando en realidad era igual de pecadora que mi esposo. Fue muy vergonzoso enfrentarme a la verdad de que era una idólatra y estaba en la misma situación que mi esposo, con una adicción que en mi caso era la dependencia emocional.

La idolatría no solo son ídolos de piedra o yeso. Hoy después de mucho tiempo de trabajar intencionalmente en mí con la dirección del Espíritu Santo y siendo honesta con mis vestiduras imperfectas, entregué todo el control a Dios, me despojé de mi carga, del qué dirán, comencé a hablar acerca de lo que me pasó y sentí que la vergüenza se disipaba con la verdad que nos hace libres, pero todo esto fue porque posicioné a Jesús de nuevo en el trono donde debió estar siempre, no hay nadie en este mundo que permanezca sin falla, no ha habido nadie que haya dado su vida por mí sino Cristo, no hay nadie que me ame de la forma más pura y limpia como Dios. Sanar es un acto de amor propio y Jesús nunca me prometió un matrimonio sin adulterio o una pareja sin fallas, Él me prometió su salvación y su profundo amor.

Hoy de nuevo camino sobre cristales porque me encuentro separada por nuevas situaciones que surgieron y que han producido muchísima inestabilidad e incertidumbre, pero siendo obediente tuve que tomar acción a las consecuencias de los límites que yo misma me propuse para protección. Pero ha sido distinto, Dios de nuevo ha irrumpido con fuerza en mi corazón y he podido conocerlo como Rey, que es otra faceta que aún estoy descubriendo.

Soy libre y vivo un día a la vez, soy feliz y completa en Cristo, no sé si mi matrimonio terminará de restaurarse, pero pase lo que pase Dios me guardará en completa paz y estoy a salvo en Él.

Mi oración es: "Papá, sostén mi mano, tú sabes mi futuro. Ya no quiero caminar sobre cristales todo el tiempo, sé que estaré bien no importa qué pase, si me aferro a ti estaremos bien. Si debo amar y restaurar permite que Tú te hayas revelado a mi esposo como nunca y haya luz en toda la oscuridad que encuentres en él y en mí. Pero si esto no cambia, ayúdame a saber cuándo ya no esperar y quita de mi corazón toda esperanza falsa y dame nuevos comienzos”.