El Dios que me ve

Mi nombre es Beatriz, tengo 47 años y quiero contarles sobre la fidelidad de Dios en mi vida, aún a pesar de mi historia y de mí misma. Conocí al Señor hace poco tiempo. Recibí su llamado el 19 de noviembre del 2021. Lo recibí con un rostro lleno de lágrimas, un corazón afligido y sin esperanza… Acepté su llamado porque estaba cansada de sostener tanto dolor entre mis manos.

Yo crecí en un hogar disfuncional. Desde niña me convertí en experta en callar todo lo malo, en esconder todo lo que no era digno en mi vida. Se puede decir que vivía 2 vidas al mismo tiempo: una vida para mostrar, y una oculta, que nadie imaginaba. La que veían los demás era a la niña que cumplía su rol de “niña perfecta”: cuadros de honor en los estudios, colegio privado, buena hija, educada. La vida que vivía de la puerta para adentro era muy diferente: un papá alcohólico y adicto a las drogas, violento; una mamá agredida, adicta a fármacos, alcohólica. Desde muy pequeña conviví entre drogas o revistas pornográficas que quedaban por aquí o por allá, fiestas, contenido sexual en decoraciones y conversaciones, gritos, golpes.

Recuerdo perfecto el día que estaba escondida dentro de un closet, revisando la revista pornográfica que ese día sí tuve el valor de coger. Recuerdo tener el corazón acelerado, sabía que estaba viendo algo malo, pero la curiosidad era más fuerte que yo. Esa fue la primera vez, tal vez tendría unos 5 o 6 años.

También recuerdo perfecto uno de tantos días en que mi papá obligaba a mi mamá a tener relaciones íntimas y la golpeaba. Recuerdo a mi mamá llamando mi nombre a gritos, pidiendo auxilio. Yo era solo una niña, abrazada a mi hermana menor en el otro cuarto, con miedo, tratando de protegernos. Recuerdo tener que salir del cuarto donde estaba segura, ir al cuarto de mis papás y separarlos. Siendo niña tenía que rescatar, ver la escena sexual y ver la desnudez de mi papá que me sacaba a empujones furioso. Y luego de eso, mis papás se comportaron como si nunca hubiera pasado. Nunca me preguntaron cómo me sentía, nunca me explicaron. Sencillamente seguimos viviendo como si eso nunca sucedió.

Yo veo atrás y recuerdo ser una niña con interés sexual, pero una sexualidad donde el amor no era parte. Crecí sin límites. Aquella famosa revista fue lo primero, luego vino el ver TV a escondidas, en los canales que se activaban solo de noche, con contenido sexual. Después llegó el consumo de pornografía explícita durante la universidad. Primero consumí videos que encontré en mi casa, luego de los lugares donde se alquilaban películas. Con los años consumía la pornografía en la computadora, luego en el celular. Todo se hizo muy fácil de conseguir.

Como adulta joven, tuve una vida desordenada sexualmente, con múltiples parejas, desconectada de mi interior. Tomaba y fumaba en exceso, y ocasionalmente consumía drogas.

Pasado el tiempo conocí a quien después llegaría a ser mi esposo. Yo me aferré a él como si fuera una tabla de salvación, con la idea de haber encontrado algo diferente, pues él era una persona sin vicios. Lamentablemente, mis herramientas y las de él eran muy escasas y nuestra relación no fue de bendición. Nos pasamos a vivir juntos al poco tiempo de hacernos novios. Luego de unos años nos comprometimos, quedé embarazada y nos separamos cuando nació nuestro bebé. Cuatro años después volvimos a vivir en unión libre hasta que finalmente nos casamos. La primera vez que nos separamos fue muy dura para mí porque nuestro hijo tenía apenas 5 meses. Sin embargo, fue la segunda ruptura la que me quebró por completo. Yo no podía concebir la idea de perder mi hogar “seguro” y de faltar a mi voto matrimonial; de romper la promesa que hice ante Dios en un altar.

Mi exesposo introdujo la pornografía como una manera de ponerle picante a nuestra relación. Nunca supo que yo no era nueva en ese terreno. Los videos que él trajo los veía usualmente sola. De más está decir que esa puerta abierta no trajo más cercanía a nuestra relación, sino que nos alejó. Mi exesposo quería hacer realidad escenas que veía, pero yo esperaba afecto y protección, anhelaba ser vista y amada. La sexualidad en el matrimonio pasó a ser la tortura que conocí cuando niña. No porque él me obligara, sino porque no se preocupaba por mí. Era ignorada de día, buscada de noche. Usualmente sentía mucho dolor, pero me callaba y finalmente ya no me quería acercar a él.

El día que él me pidió el divorcio, entré en shock porque no podía entender cómo mi persona segura me estaba diciendo que me iba a abandonar. Estuve varios meses en un estado de negación. Vivía mi día a día como si nada estuviera pasando. Cumpliendo mi rol de trabajo, atendiendo a mi hijo, ignorando por completo el cambio de vida que se avecinaba y las decisiones que tenía que tomar.

Luego llegó otro golpe porque cerraron el departamento donde trabajaba como gerente y me despidieron. Pasé de la negación a la desesperación. Todo lo que creía tener se había ido: mi matrimonio, mi familia, mi satisfacción profesional, mi bienestar económico… y afloró lo que había estado ocultando: una profunda tristeza. Le empecé a rogar a mi exesposo que buscáramos restaurar el matrimonio. Le pedía a Dios que por favor obrara un milagro y mi esposo quisiera volver al hogar.

Ante la frustración de no tener el control de la situación, de ver que mi exesposo cerró toda posibilidad de regresar, me llené de culpa. Fue una temporada muy oscura para mí. Recordaba cada error que cometí en mi matrimonio, todo lo que pude haber hecho diferente para que no me dejara. Recordaba una y otra vez cada discusión, cada momento donde no fui una buena esposa, cada momento en que me negué en la intimidad.

Sin embargo, lo que terminó de romperme fue darme cuenta que ya tenía una relación con otra persona: él estaba saliendo con la mamá del mejor amigo de mi hijo, que era profesora en su escuela, madre de familia de la misma aula, mujer a quien yo misma había llevado a mi casa y los había presentado. Me sentí burlada por ambos y de la mano de todas las emociones negativas que ya tenía, empecé a albergar amargura y rencor. Sentía mucho odio contra ella y ese sentimiento era abrumador y desgastante.

Fue ahí, en el peor momento de mi vida, cuando lo había perdido todo a mis ojos, que fui completamente vulnerable y escuché el llamado de Dios. Me habló sin rodeos: “he estado esperando este momento, he estado esperando que vinieras a mí”. Dios me vio en mi dolor y vino por mí.

Conocer el perfecto amor del Señor me ha traído libertad. Él ha ido poco a poco limpiando cada herida, cada recuerdo. Aún hoy me sigue sanando. Sana a la mujer que siempre se sintió anormal y sucia porque ver pornografía es “cosa de hombres.” Sana a la mujer que jamás se imaginó poder hablar de estas cosas frente a alguien más. Sana a la hija de Dios que lo ama profundamente, pero que creció con una identidad dañada.

Desde que conocí al Señor me he metido de cabeza con Él, anhelando conocerlo a Él, a su palabra, su amor y protección. Durante mi camino de sanidad muchas veces he anhelado haber tenido el testimonio de “me sanó y de un día para otro ya no consumí”. Pero esa no ha sido mi historia. En este tiempo he tenido recaídas y me he vuelto a levantar. Incluso tuve mi momento más oscuro desde que conozco a Dios el año pasado, cuando me enamoré de un compañero de ministerio en la iglesia.

Sin darme cuenta, desconectada de mí, de mis valores, de lo que he aprendido este tiempo: me acosté con él. Luego de eso él dejo de hablarme, renunció al ministerio y se apartó. Eso me rompió el corazón y me recordó uno de los acuerdos (mentiras) con que he vivido: todos me abandonan, no soy suficiente. Fueron días tristes que me llevaron a consumir pornografía otra vez, a llenar mi corazón de vergüenza, de culpa y de angustia.

Pero el que nunca abandona estaba ahí. El Dios que me ve, me levantó. Con profundo amor ha sanado mis heridas del divorcio, me ha enseñado a perdonar y hoy puedo orar con honestidad y amor por la vida de mi exesposo y de la mujer con quien se fue. Con paciencia ha ido dirigiendo mi atención hacia cada área que necesita restauración: mi historia familiar, mi autoestima.

Ha sido tan bueno y lleno de gracia que ha limpiado mi vida del pecado sexual. Ha sanado heridas completamente ocultas en mi vida, como las del abuso sexual. Dios me ha confrontado a través del camino y me ha instruido para poder conocerlo de una manera verdadera y muy íntima. Sigue haciendo su obra en mí cada día. Y yo no puedo más que amarlo y rendirme ante Él. Hoy yo tengo mi mirada fija en Él, el Dios que me ve.

“Con paciencia esperé que el Señor me ayudara, y él se fijó en mí y oyó mi clamor. Me sacó del foso de desesperación, del lodo y del fango. Puso mis pies sobre suelo firme y a medida que yo caminaba, me estabilizó. Me dio un canto nuevo para entonar, un himno de alabanza a nuestro Dios. Muchos verán lo que él hizo y quedarán asombrados; pondrán su confianza en el Señor”. Salmos 40:1-NTV