Un matrimonio roto, una vida restaurada
En el momento en que estoy escribiendo esto llevo aproximadamente 11 años de haberme separado de la mamá de mis hijos. A través de este testimonio quiero compartir cómo era mi vida antes de separarme, el momento que pasé y cómo lo he estado llevando hasta ahora.
La mamá de mis hijos quedó embarazada a finales de 1997 cuando llevábamos como 4 o 5 meses de noviazgo. Nos casamos a principios del siguiente año y durante más o menos 5 años tuve una vida muy desordenada, ya que crecí admirando al más mujeriego, al más mal hablado, al más suertudo con el dinero, sin importar cómo lo había hecho; ya para el 2003 habíamos tenido varios intentos de separación.
Con mi matrimonio en esa situación, enfermé de gravedad, casi al punto de perder la vida. Gracias a esta experiencia y, después de experimentar un verdadero milagro de sanidad, decidí entregarle mi vida a Dios después de pedirle una segunda oportunidad para testificar por lo que había hecho en mí. Así llegamos a la iglesia en la que nos congregamos por más de 10 años.
Lo que siguió de ahí en adelante fue una muy buena época de abundancia económica. Tuvimos la oportunidad de ir de vacaciones a Disney, las Vegas, San Fracisco, Panamá… viajábamos cada año y no precisamente con la opción más económica; sin embargo, la mamá de mis hijos vivía frustrada porque no tenía la casa que quería o el carro que quería o porque los muchachos no estaban en un colegio determinado… al parecer, nada era suficiente.
Por mi parte, me esforcé mucho por complacerla porque la amaba, aunque algunos familiares y amigos me decían que ella actuaba como si no me amara. Recuerdo que me decía que yo debería estar eternamente agradecido porque ella se fijó en mí, por haberme hecho caso; porque qué mujer se hubiera fijado en mí. Nunca sentí que se sintiera orgullosa de ser mi esposa.
Entonces llegó una crisis financiera bastante fuerte y mi situación económica comenzó a bajar considerablemente. Esta situación nos llevaba a pelear casi todos los días. En ese entonces ya teníamos un puesto de liderazgo bastante grande en la iglesia con grupos a nuestro cargo.
Estábamos cerca de nuestro aniversario número 15 y comencé a notar un cambio en ella. Ya no me acompañaba a las reuniones que teníamos, ya no quería predicar, ya no quería servir y cada vez era más rogada con las relaciones sexuales; lo peor fue que comenzó a hacer ejercicio, se metió al gimnasio y se puso bien bonita, comenzó a gastar desenfrenadamente y no le importaba mi situación económica, comenzamos a pelear por eso, no tenía límites.
Entonces un día decidió sacarme del dormitorio y dejamos de dormir juntos, según ella, porque roncaba mucho y no la dejaba dormir. Así pasaron algunas noches hasta que mi hija, que en ese entonces tenía unos 15 años, le dijo a su mamá: “mami, ¿tienes como 15 años de casada con mi papá y hasta ahora te molestan sus ronquidos?”.
No sé cómo ni por qué, pero esas palabras de mi hija abrieron mi mente y entonces decidí abordar esta situación directamente. Invité a mi esposa a comer y después al cine. Luego, me animé a comentarle que la notaba rara conmigo, diferente. Incluso había notado que en la iglesia no quería darme la mano y mucho menos abrazarme.
Entonces me contestó con una frialdad que me dejó pasmado. Me dijo que no me estaba engañando, pero que ya no sentía en lo más mínimo amor por mí, ni como hombre, ni como esposo y que su corazón le pertenecía a otra persona de la cual estaba enamorada.
El corazón se me aceleró un montón; fue como un balde de agua fría. Yo decía: “¿cómo me puede estar pasando esto a mí?, si yo le sirvo a Dios, doy parte de mi vida a la gente en la iglesia”. Me consideraba un buen papá y esposo, no podía creerlo.
Entonces llamé a mis líderes de la iglesia y les conté la situación, al principio me comenzaron a ayudar, pero ella no dio señales de querer arreglar la relación. Con el tiempo, salió a luz que una persona importante en esa iglesia se relacionaba con ella y todos lo que buscaban era que yo no actuara en contra de esa persona que consideraban intachable, decían que si había alguien que se había ofrecido esa era mi esposa y que él no tenía la culpa. Esto ocasionó un dolor muy profundo en mi corazón.
Intenté por más de 6 meses reconquistar a mi esposa a la que amaba con todo, pero me mató su indiferencia, su crueldad y cinismo hacia mí, ya que ella se miraba súper bien como si no le pasara nada, mientras que yo estaba desecho.
Entonces hicimos un viaje a El Salvador donde pensé que quizá podríamos encontrar la manera de arreglar las cosas, pero fue todo lo contrario; empezando porque en el vehículo en el que nos fuimos ella no quiso irse adelante conmigo, en la habitación del hotel que era de 2 camas, tampoco quiso que durmiéramos juntos sino que prefirió dormir con mi hija; y cuando salíamos a las piscinas con mis hijos, ella no se venía con nosotros, igual para comer en el restaurante, solo mantenía pegada a su celular. En resumen, ella definitivamente no quería estar conmigo.
Ese viaje me dejó deshecho. Fue suficiente para mí. Al regresar y como a las 11:00 de la noche finalmente tomé la decisión y le dije: “me voy a ir de la casa, le decís a mis hijos que los quiero mucho y que después voy a hablar con ellos”. Ella, muy tranquila, me respondió con una frialdad que aún recuerdo muy bien: “No tengas pena, yo les digo”.
Eso me derribó por completo. Recuerdo que esa noche me quedé en un pequeño hotel, aunque no pude dormir nada pensando en lo que iba a pasar con mis hijos o conmigo. Sobre todo me sentí avergonzado y enojado porque no hacía sino preguntarme: “¿de qué sirvió estarle sirviendo a Dios un montón de tiempo, de qué sirvió ese gran sacrificio, de qué sirvió servir un montón en la iglesia?; Dios, ¿por qué me pasó esto a mí y no a otro?”.
Fue una época muy difícil, de mucho dolor. Estaba enojado con Dios y para rematar, algunas personas que se decían mis amigos en la iglesia comenzaron a mirarme como si yo fuera el gran pecador. Finalmente decidí retirarme de la iglesia y también de los caminos de Dios.
Sin embargo y a pesar de alejarme, Dios puso en mi camino a un gran amigo que había pasado por una experiencia similar a la mía. Él me habló del curso de Pasos de Valentía del ministerio Libres en Cristo. Un curso enfocado en ayudar a los hombres que han vivido o vienen viviendo la infidelidad de su esposa o novia.
Al principio rechacé la idea porque me daba vergüenza, pero Dios fue bueno y movió el corazón de otro amigo a pagarme el curso. El Señor me dejó sin opciones, así que me animé. Al principio me sentía mal porque cada lección me confrontaba tremendamente, pero todo era parte del proceso para sanar.
Bendigo este Ministerio porque no solo me restauró, sino que me levantó con un nuevo propósito. Me acuerdo que en la primera lección uno de los mentores me preguntó cómo me miraba a futuro, y mi respuesta fue que ni siquiera tenía futuro, pues me sentía tan frustrado, estaba encerrado en el problema; me sentía fracasado, sin sentido de superación y sin ninguna motivación.
Pero Dios estaba haciendo un efecto sanador en mi vida. Estoy tan agradecido con Él. Aunque no pude restaurar mi matrimonio, Dios ha sido bueno. Me ha llevado paso a paso y he podido retomar el camino correcto. Volví a congregarme (no en el mismo lugar), mis hijos se vinieron a vivir conmigo, lo que me convirtió en un papá de tiempo completo, volví a la universidad y logré terminarla, y retomé mi empresa que va paso a paso levantándose.
Además, ya llevo varios años sirviendo en Libres en Cristo como mentor, lo que ha llenado mi corazón de gratitud al poder ayudar a otros de la misma manera que alguien lo hizo conmigo.
OTROS TESTIMONIOS QUE PUEDEN HABLAR A TU CORAZÓN
¿Cómo es posible amar a alguien que te está dañando?
La valentía de poner límites incluso cuando el corazón tiembla
